Just for my own safety...
You poor, sweet, inocent thing, dry your eyes and testify!
El sonido de una respiración entrecortada llegó a mis oídos antes de que mis ojos captaran la imagen de una joven esposada, de rodillas en el sucio suelo, con la cabeza gacha de manera que sus espesos cabellos le tapaban completamente la cara. Al oírme entrar en la mazmorra, alzó la vista para mirarme desafiadoramente a los ojos.
- Tardaste -tosió-, tardaste demasiado...
No pude evitarlo. Mis ojos se posaron en los suyos de inmediato, y la muchacha comenzó a proferir sonidos ahogados, como si algo le obstruyera la garganta y le causara un terrible dolor. Los ojos se le llenaron de lágrimas, y sólo unos veinte segundos después accedí a liberarla de su martirio. Dejó caer la cabeza de nuevo, sollozando y tragando grandes bocanadas de oxígeno. Me agaché ante ella y coloqué un dedo bajo su barbilla, obligándola a mirarme a los ojos de nuevo. Se resistió al principio, pero mi uña se clavó en su piel y no tuvo más remedio que obedecer. Sentí que un escalofrío la recorría y no pude evitar sentirme halagada... mi mera cercanía la hacía sentirse nerviosa. Tenía que reconocer que me gustaba dar miedo a la gente, me infundía una sensación de poder muy agradable. Aquella pobre desgraciada no sabía dónde se había metido.
- Sólo te lo preguntaré una vez más... -mi prisionera comenzó a removerse pero mi dedo en su mandíbula la hizo cambiar de parecer y se quedó quieta pronto.- Si te han enviado ellos, dímelo... quizá podamos llegar a un acuerdo en el que no salgas tan mal parada como tengo en mente... -terminé acercándome a ella hasta que nuestros rostros quedaron separados por una distancia apenas perceptible. La oí tragar saliva y logró articular las que serían sus últimas palabras de desafío.
- Quizá... no seas capaz... de acabar conmigo... soy más fuerte de lo que crees...
Ante esta declaración, no pude contener una breve risa. - Cariño, ¿realmente crees que a mí me puedes engañar? Ni que decir tiene que no perteneces a los míos; tampoco eres licántropo, eso también lo tengo claro... Con esas curvas y una sonrisa sugerente quizá logres sugestionar a algún cabecilla de las razas y convencerle de que puedes serle de alguna utilidad para que así te infiltre en su secta con todos los honores... pero claro, después llegan las misiones, y a la hora de enfrentarse a la verdad no todo es tan fácil como parece al principio... -me coloqué un dedo en la barbilla simulando pensar- ¿A que no te esperabas mi bienvenida? -terminé con una media sonrisa.
Claro que no se la había esperado. Había venido en lo que ella creía un absoluto sigilo; había logrado cruzar el muro de piedra que separaba el jardín del exterior, había burlado a mis lobos guardianes, y cuando ella creía que era la mejor y que había conseguido una hazaña única y que al volver de su misión sería agasajada con cantos, regalos y alabanzas, se abrió una puerta enfrente de ella y sólo necesité una bofetada para dejarla inconsciente.
No es que me cayese mal; simplemente, había echado un vistazo a sus pensamientos más recientes en cuanto la tuve atada, y sus ínfulas de grandeza superaban a mi egocentrismo con creces.
Y eso que mi egocentrismo era muy extenso...
La miré inqusitivamente, a la espera de una respuesta. Respuesta que no llegó.
Me puse en pie y di media vuelta, comenzando a caminar en dirección a la salida. Antes de abrir la puerta, hablé por última vez a la espía.
- Tu cuerpo soportará tres días sin agua; después morirás deshidratada. Mis lobos tienen hambre y preferiría ofrecerles carne jugosa, así que te doy a elegir tu modo de morir, rápida o lentamente. Cuando lo tengas claro, llámame en tu mente y comunícamelo. A no ser, claro, que prefieras llamarme para contestar a mi última pregunta... Está en tus manos.
Tras esa declaración, accioné de nuevo el interruptor y la luz se apagó. Sin más dilación, me fui por donde había venido, en dirección a la sala, pues se me habían quedado las manos heladas...
Unas dieciocho horas más tarde, la débil voz mental de la muchacha me llamó.
Yo me encontraba en un sillón en la biblioteca, junto al fuego. Presté atención a sus pensamientos. "De acuerdo, tú... tú ganas... me enviaron ellos, fue Phyros, él me educó y me mandó a esta misión... Por favor, ahora sácame de aquí y no volveré a molestarte... por favor..."
Corté la conexión para que no me doliese la cabeza con sus súplicas. Ya había oído lo que necesitaba. Ahora...
-... ahora ya es toda vuestra -le comenté al hombre que, paciente, esperaba de pie tras mi sillón. Él se inclinó, besó mi mano y vi sus ojos de color azabache refulgir con el reflejo de las llamas, brindándome una sonrisa. Se dio la vuelta y se fue en dirección a la puerta, sólo que al traspasar ésta ya no era un hombre, sino un lobo enorme de pelaje grisáceo.
Los aullidos resonaron en el exterior, tanto los que iban por mí como los que iban en mi contra. Los lobos residentes fuera de mi propiedad estaban envidiosos, porque sus hermanos a mi servicio se iban a dar esa noche un macabro banquete de carne tibia...
El sonido de una respiración entrecortada llegó a mis oídos antes de que mis ojos captaran la imagen de una joven esposada, de rodillas en el sucio suelo, con la cabeza gacha de manera que sus espesos cabellos le tapaban completamente la cara. Al oírme entrar en la mazmorra, alzó la vista para mirarme desafiadoramente a los ojos.
- Tardaste -tosió-, tardaste demasiado...
No pude evitarlo. Mis ojos se posaron en los suyos de inmediato, y la muchacha comenzó a proferir sonidos ahogados, como si algo le obstruyera la garganta y le causara un terrible dolor. Los ojos se le llenaron de lágrimas, y sólo unos veinte segundos después accedí a liberarla de su martirio. Dejó caer la cabeza de nuevo, sollozando y tragando grandes bocanadas de oxígeno. Me agaché ante ella y coloqué un dedo bajo su barbilla, obligándola a mirarme a los ojos de nuevo. Se resistió al principio, pero mi uña se clavó en su piel y no tuvo más remedio que obedecer. Sentí que un escalofrío la recorría y no pude evitar sentirme halagada... mi mera cercanía la hacía sentirse nerviosa. Tenía que reconocer que me gustaba dar miedo a la gente, me infundía una sensación de poder muy agradable. Aquella pobre desgraciada no sabía dónde se había metido.
- Sólo te lo preguntaré una vez más... -mi prisionera comenzó a removerse pero mi dedo en su mandíbula la hizo cambiar de parecer y se quedó quieta pronto.- Si te han enviado ellos, dímelo... quizá podamos llegar a un acuerdo en el que no salgas tan mal parada como tengo en mente... -terminé acercándome a ella hasta que nuestros rostros quedaron separados por una distancia apenas perceptible. La oí tragar saliva y logró articular las que serían sus últimas palabras de desafío.
- Quizá... no seas capaz... de acabar conmigo... soy más fuerte de lo que crees...
Ante esta declaración, no pude contener una breve risa. - Cariño, ¿realmente crees que a mí me puedes engañar? Ni que decir tiene que no perteneces a los míos; tampoco eres licántropo, eso también lo tengo claro... Con esas curvas y una sonrisa sugerente quizá logres sugestionar a algún cabecilla de las razas y convencerle de que puedes serle de alguna utilidad para que así te infiltre en su secta con todos los honores... pero claro, después llegan las misiones, y a la hora de enfrentarse a la verdad no todo es tan fácil como parece al principio... -me coloqué un dedo en la barbilla simulando pensar- ¿A que no te esperabas mi bienvenida? -terminé con una media sonrisa.
Claro que no se la había esperado. Había venido en lo que ella creía un absoluto sigilo; había logrado cruzar el muro de piedra que separaba el jardín del exterior, había burlado a mis lobos guardianes, y cuando ella creía que era la mejor y que había conseguido una hazaña única y que al volver de su misión sería agasajada con cantos, regalos y alabanzas, se abrió una puerta enfrente de ella y sólo necesité una bofetada para dejarla inconsciente.
No es que me cayese mal; simplemente, había echado un vistazo a sus pensamientos más recientes en cuanto la tuve atada, y sus ínfulas de grandeza superaban a mi egocentrismo con creces.
Y eso que mi egocentrismo era muy extenso...
La miré inqusitivamente, a la espera de una respuesta. Respuesta que no llegó.
Me puse en pie y di media vuelta, comenzando a caminar en dirección a la salida. Antes de abrir la puerta, hablé por última vez a la espía.
- Tu cuerpo soportará tres días sin agua; después morirás deshidratada. Mis lobos tienen hambre y preferiría ofrecerles carne jugosa, así que te doy a elegir tu modo de morir, rápida o lentamente. Cuando lo tengas claro, llámame en tu mente y comunícamelo. A no ser, claro, que prefieras llamarme para contestar a mi última pregunta... Está en tus manos.
Tras esa declaración, accioné de nuevo el interruptor y la luz se apagó. Sin más dilación, me fui por donde había venido, en dirección a la sala, pues se me habían quedado las manos heladas...
Unas dieciocho horas más tarde, la débil voz mental de la muchacha me llamó.
Yo me encontraba en un sillón en la biblioteca, junto al fuego. Presté atención a sus pensamientos. "De acuerdo, tú... tú ganas... me enviaron ellos, fue Phyros, él me educó y me mandó a esta misión... Por favor, ahora sácame de aquí y no volveré a molestarte... por favor..."
Corté la conexión para que no me doliese la cabeza con sus súplicas. Ya había oído lo que necesitaba. Ahora...
-... ahora ya es toda vuestra -le comenté al hombre que, paciente, esperaba de pie tras mi sillón. Él se inclinó, besó mi mano y vi sus ojos de color azabache refulgir con el reflejo de las llamas, brindándome una sonrisa. Se dio la vuelta y se fue en dirección a la puerta, sólo que al traspasar ésta ya no era un hombre, sino un lobo enorme de pelaje grisáceo.
Los aullidos resonaron en el exterior, tanto los que iban por mí como los que iban en mi contra. Los lobos residentes fuera de mi propiedad estaban envidiosos, porque sus hermanos a mi servicio se iban a dar esa noche un macabro banquete de carne tibia...
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