The hidden passage
I feel irrational, so confrontational, to tell the truth that I'm getting away with murder...
El sonido de mis tacones sobre el suelo de piedra retumbaba en la oscuridad.
El pasillo era interminable, con recovecos, esquinas, bifurcaciones y cruces, con antorchas de tanto en tanto a cada lado de la pared para iluminar escasamente el camino; los muros tenían humedades y el sonido de gotas al caer del techo me acompañaba en mi recorrido hacia las mazmorras. Por suerte, los años de experiencia al caminar sobre, bajo y entre aquellas piedras hacían conociese la ruta de memoria; de haber sido de otro modo, me habría perdido sin dudar.
Parecía increíble que aquel entramado subterráneo se desarrollara bajo mi -relativamente- modesta mansión de tres alturas. En la biblioteca, donde se encontraban los planos de construcción del edificio, que indicaban además varios pasadizos y escondrijos, no había ni una sola mención a las mazmorras, o salas de torturas, que yo había descubierto por casualidad cuando aún era una cría. Aún recuerdo mi aturdimiento al descubrirme sentada en el suelo de una especie de callejón oscuro tras haber atravesado sin querer un tapiz y haber caído rodando por una escalera de caracol. Tras ese pequeño accidente volví al extraño lugar todas las veces que fueron necesarias para aprenderme adónde llevaba cada una de las sendas de fría piedra. Por esa razón sólo había tardado cerca de dos minutos en llegar hasta mi destino, hasta el que por cualquier otro camino habría sido necesario recorrer unos tres kilómetros.
No, mi casa no es tan grande... De ahí el comentario del principio.
Finalmente, me detuve ante una gruesa puerta de sólida madera, que olía a humedad, cosa poco sorprendente. La abrí lo suficiente para que pudiera pasar mi delgado cuerpo y la cerré inmediatamente; accionando una llave en una de las paredes una tenue luz se enciendió frente a mí...
El sonido de mis tacones sobre el suelo de piedra retumbaba en la oscuridad.
El pasillo era interminable, con recovecos, esquinas, bifurcaciones y cruces, con antorchas de tanto en tanto a cada lado de la pared para iluminar escasamente el camino; los muros tenían humedades y el sonido de gotas al caer del techo me acompañaba en mi recorrido hacia las mazmorras. Por suerte, los años de experiencia al caminar sobre, bajo y entre aquellas piedras hacían conociese la ruta de memoria; de haber sido de otro modo, me habría perdido sin dudar.
Parecía increíble que aquel entramado subterráneo se desarrollara bajo mi -relativamente- modesta mansión de tres alturas. En la biblioteca, donde se encontraban los planos de construcción del edificio, que indicaban además varios pasadizos y escondrijos, no había ni una sola mención a las mazmorras, o salas de torturas, que yo había descubierto por casualidad cuando aún era una cría. Aún recuerdo mi aturdimiento al descubrirme sentada en el suelo de una especie de callejón oscuro tras haber atravesado sin querer un tapiz y haber caído rodando por una escalera de caracol. Tras ese pequeño accidente volví al extraño lugar todas las veces que fueron necesarias para aprenderme adónde llevaba cada una de las sendas de fría piedra. Por esa razón sólo había tardado cerca de dos minutos en llegar hasta mi destino, hasta el que por cualquier otro camino habría sido necesario recorrer unos tres kilómetros.
No, mi casa no es tan grande... De ahí el comentario del principio.
Finalmente, me detuve ante una gruesa puerta de sólida madera, que olía a humedad, cosa poco sorprendente. La abrí lo suficiente para que pudiera pasar mi delgado cuerpo y la cerré inmediatamente; accionando una llave en una de las paredes una tenue luz se enciendió frente a mí...
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