Bloody actions and stormy thoughts


Not this time, I won't lie to keep you near me...


Un trueno desgarró la paz del cielo nocturno apenas una milésima de segundo más tarde de que un rayo iluminase la sala de forma fugaz.
El tiempo estaba, sin duda, acorde con mi estado de ánimo.
El asesinato de cinco de mis lobos me había puesto frenética. Era él, maldita sea, de nuevo él, no le gustó cómo habían salido las cosas cuando me cargué a su pequeña espía... maldita sea, ¿qué pensaba que iba a hacer? ¿Invitarle a una copa? Pero tuvo que enviar a sus amiguitos vampiros a matar a mis guardianes... lo más humillante es que yo no fui capaz de percibirlo. Mis sentidos se nublaron después de la cena, yo lo atribuí a mi nueva dieta y me fui a la cama, sin darle mayor importancia... maldito sea cien millones de veces... Nunca le creí capaz de conjuros mentales, cuando estudiábamos juntos en la academia era un vago redomado que se esforzaba lo justo para no recibir represalias, y mientras yo controlaba voluntades él aún hacía que a los árboles se les pusiesen las hojas negras. Sin duda, su pequeña espía contaba con un marcador en su mente que activé al entrar en ella y me dejó fuera de combate el tiempo suficiente para que sus esbirros cometieran su ingeniosa tarea. Eso o... que mis propios aliados me hubiesen traicionado.
Me encontraba en el salón de la mansión, de pie frente al ventanal, sintiendo los cristales temblar al ser sacudidos por ráfagas de viento y torrencial lluvia. Pensar en un espía oculto en mis filas me provocó un pinchazo en la sien. Me senté sobre el terciopelo del alféizar e intenté controlarme... dejarme llevar por mis emociones no era una solución. El mayor problema era que mis lobos ahora comenzaran a desconfiar de mí por no haberles protegido adecuadamente... Eso, unido a que alguien comenzase la sublevación con rumores o, simplemente, con las palabras adecuadas... eso podía hundirme, yo era fuerte en solitario, pero con tal cantidad de enemigos no era sensato granjearme las antipatías de mis propios aliados.
Unos golpes en la puerta me sacaron de mis cavilaciones. En voz alta, permití la entrada a mi visitante, y la cabeza de cabello revuelto de Gabriel se asomó tras la puerta abierta... Mi corazón dio un tremendo golpe contra mi pecho: ¿podría ser él el traidor? Sus ojos inexpresivos no se apartaban de mí mientras caminaba hacia la ventana. Se detuvo delante, pidiendo sin palabras permiso para sentarse... un permiso que no le fue concedido. Incapaz de aguantar la tensión, me levanté bruscamente y caminé a grandes pasos hacia la puerta, dejando a Gabriel anonadado. Sin querer pensar en él ni en nada, bajé por las grandes escaleras de piedra al recibidor, y salí al exterior de la casa, sin importarme el viento, la lluvia, la tormenta o los enfurecidos aullidos de los lobos, sólo quería dejarme llevar...

Comentarios