Subsection, part 2

¿Cómo no te diste cuenta?
Era un agujero enorme, un túnel de perfecta excavación en la roca viva. ¿Por qué te negaste a verlo? Había hecho ruido, había temblado la tierra en varias ocasiones. Lo achacaste a inclemencias del tiempo, a daños colaterales de la presencia del lobo en tu casa. Pero no hacías más que cerrar los ojos y los oídos.
Así que allí estaba él, de pie en el vestíbulo, esperando. Alzaste la vista hacia él casi con temor, recelosa de lo que pudiera hacerte algo tan fuerte como aquello... Pero tus dudas se disiparon velozmente al mirarle a los ojos. No había en ellos intención alguna de hacerte daño.
Le dijiste que esperara allí, que tenías que limpiar y ordenar todo lo que tu antiguo inquilino se había dejado a su paso antes de que pudiera instalarse cómodamente. Te dispusiste a recoger el desastre que era tu vivienda, pero sólo limpiar la sangre del lobo te costó tanto que no fuiste capaz de seguir adelante sin desplomarte de agotamiento. Entonces fue cuando sentiste su mano en tu hombro, en tu cintura; sus brazos levantándote del suelo y sujetándote firmemente; su voz en tu oído, pidiéndote permiso para ayudarte en tu labor. Y tú supiste que le necesitabas.
Guardaste todo en una de las habitaciones, sin fuerzas para deshacerte de ello aún, y tras cerrar la puerta con varios candados, por fin miraste con otros ojos tu morada. Le miraste a él, y supiste que te ayudaría a hacerla más habitable, que se quedaría a reparar los desperfectos y que no tenía intención de irse pronto. Y lo más importante, supiste que una vez dentro, ya no podría volver a salir, pues aquél sería su hogar también, y diste gracias por ello.
Y cuando volviste a subir hasta tu alcoba sentiste proveniente de la chimenea, por primera vez, el calor del fuego.

Comentarios