Subsection, part 1
Era un desastre...
Puertas cerradas con llave y candado, cuadros torcidos, alfombras raídas... Una pesada y gruesa puerta principal, de sólida madera, inamovible en sus oxidadas bisagras.
Cristales rotos, el viento colándose por las rendijas, agitando las pesadas cortinas, levantando nubes de polvo de las frías losas de piedra del suelo...
Tú, refugiada en la torre más alta, más alejada de tierra adentro, con ventanales hacia la inmensidad del mar de tu soledad y tu imaginación. La alcoba perfecta, ordenada según tu gusto, pero sin fuego, fría y oscura, a merced de los caprichos del vasto océano sobre el que se mece...
Y de repente, llamaron a la puerta. Te despertaron de tu ensoñación, tu aceptación y tu costumbre. ¿Quién habría sido capaz de cruzar el bosque impenetrable, sortear los peligros y superar los obstáculos?
Acechaste y allí estaba, un lobo negro de ojos penetrantes y pensamientos oscuros, pidiendo refugio y un poco de luz para poder curar sus heridas. Tal era la determinación del animal que, ante tu atónita mirada, empujando logró mover la puerta de sus goznes y atravesar el umbral del centro de tus dominios.
Bajaste a su encuentro y te miró, esperando en la entrada. Al acercarte te sorprendió su belleza, hermosa y fuerte, y su mirada desconfiada y rota, en cuyo fondo se escondía una necesidad del calor del fuego de un alma compañera. Te agachaste ante él y le tendiste una mano temblorosa, que él lamió tras olfatear unos segundos, y entonces lo sentiste y supiste por qué había sido capaz de cruzar el bosque, sortear los peligros y superar los obstáculos.
Le invitaste a entrar con entusiasmo y desconfianza a la par, prometiéndote a ti misma que curarías sus heridas con cada paso y al mismo tiempo preguntándote qué demonios estabas haciendo, e ignorando los temblores de tierra cada vez más frecuentes. Él no parecía dispuesto a aclimatarse a tu morada, y no obstante aceptó algunas normas, también desoyó consejos y ruegos. Aun así, el calor de su negro pelaje te reconfortaba, haciéndote sentir tranquila, su presencia inundaba la arruinada mansión, acompañándote en tu alcoba y desterrando la soledad. Y él te demostraba una lealtad inquebrantable, una fe absoluta; te hizo la musa de sus ambiciones, la diosa de su noche, y así llegó a nombrarte luna.
Pero tú sabías que no era su lugar. Que aquel lobo no podía vivir en tu mansión de fría piedra. Que su imaginación perfecta no se proyectaba en ti, y eso te dolía tanto, saber que nunca podrías igualarte a ella. Lo intentaste con todas tus fuerzas, tal era tu deseo... y seguiste desoyendo los temblores de tierra y señales de alarma, tan centrada estabas en cumplir las expectativas que te habías propuesto, aun sabiendo que probablemente aquello no funcionaría, pero tenías tanto miedo de fallarle, de hacerle aún más heridas...
Por eso, cuando apareció el agujero en el suelo de la entrada te sorprendiste tanto. Te asomaste a su interior y unos ojos francos te devolvieron la mirada. Sin advertirlo le habías dejado entrar también, y cuando te diste cuenta de lo que había ocurrido tuviste que abrir tú misma la puerta y pedir al lobo negro que se fuera. Nunca olvidarás la sangre que derramó esa herida recién abierta, y nunca podrás contar las lágrimas que derramó tu culpa tratando de limpiarla.
Y tu destrozado interior cada día esperaba oír el desgarrador aullido de dolor más lejano, más tenue... sabiendo que merecías ese castigo todas las veces que él quisiera.
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