Sentimientos
No fue hasta que hube vuelto a casa con la carta guardada en un bolsillo, y que estuve a salvo en la pequeña biblioteca de mi dormitorio que me permití dejar fluir todo lo que había estado sintiendo durante aquel encuentro.
Hacía décadas que no le veía. Me había afectado profundamente encontrarle en aquel estado en la taberna: viejo, cansado y borracho. Me vino un fugaz recuerdo a la mente: una jovencísima imagen de mí tratando de tentarle con una jarra de hidromiel mientras él entre risas rehusaba y me decía "Yo no bebo, pues no soporto perder el control". ¿Qué había sido de aquello?
No pude negar que le eché de menos profundamente cuando se fue. Se podría decir que la culpa había sido mía, aunque en realidad yo nunca le pedí que me amara. Decidió marcharse una noche de tormenta que yo había salido de caza; robó una de las espadas de la armería y se fue, dejando todas las puertas y ventanas abiertas. A mi regreso encontré una mansión fría y húmeda, y completamente vacía.
Por alguna razón la tormenta duró tres semanas después de aquello.
Antes de ir a verle a su cabaña había preguntado a Gabriel por la relación entre ambos. Al parecer fue gracias a él que el chico sobrevivió después de una de sus fugas, cuando aún todavía no conocía el lobo que albergaba en su interior. Le estuvo entrenando en cuerpo y mente durante semanas antes de convencerlo para volver a casa. Gabriel me hizo jurar que no le tocaría un solo pelo antes de darme las indicaciones para llegar a su humilde morada. Yo, desde luego, solo tenía curiosidad. Y ahora me arrepentía de haber cedido a ella.
Tenía su imagen grabada en la retina plantándome cara en la nieve. Su cuerpo, de natural delgado y fuerte, lucía consumido y abotargado. Su voz, profunda y grave, tenía un deje de desesperación y miseria. Pero lo que más me había trastocado era el cambio en esos ojos que yo antaño tanto disfrutara contemplar. Sus ojos negros, brillantes y desafiantes, ahora estaban apagados, como si hasta la luna le hubiese abandonado. Según mis indagaciones poco después de marcharse de mi lado se había entregado en cuerpo y alma a una organización humana dedicada al exterminio de nuestra raza, llegando a convertirse en líder de la misma gracias a sus talentos sobrenaturales. Y al parecer, como a tantos otros, la lucha le había consumido hasta dejarle convertido en una mera sombra de su poderosa persona.
Me estremecí y me acerqué más al fuego, pero sabía que el frío que sentía no iba a ser calmado de aquella manera.
Alargué la mano hacia una cajita de negro ébano que había en la repisa de la chimenea. Suspiré antes de abrir el cierre dorado con forma de hoja y me senté en la butaca para contemplar el contenido a la luz de las llamas mientras lo acomodaba sobre mi regazo.
Dos anillos, un colgante tallado en madera, una piedra redonda y blanca como el nácar, un vial de un líquido oscuro, y al fondo de la caja tres paquetitos de papel.
El anillo de Alexander, un sencillo aro de plata, el último recuerdo depositado en aquel relicario. Tuve que tragar saliva al sacarlo de la cajita. El anillo de mi madre, de filigranas entrelazadas de oro coronadas con un rubí; a veces todavía lo acaricio en momentos de incertidumbre. El colgante con forma de rosa con el que me había obsequiado mi padre por mi décimo cumpleaños, justo antes de marcharme a la Academia por ocho largos años. La piedra lunar de mi estimado profesor de Arte, la cual sustraje de su despacho poco después de que Phyros lo asesinara en un alarde de vanidad y estupidez. El diminuto frasco lleno con la sangre de Gabriel, como recuerdo de su juramento y nuestro pacto.
Y las tres cartas de mi lobo negro.
Tomé una de estas en mis manos y devolví el resto de objetos a la cajita, que dejé en el suelo junto a la butaca. Sin abrir la carta, cerré los ojos y me concentré en la esencia transmitida en aquellas palabras. Y en unos segundos sentí una sacudida, y vi en mi mente de nuevo el fuego del hogar de aquella cabaña, el destartalado catre vacío, y su cuerpo tendido en el suelo de madera vieja, encogido, agarrotado, con los brazos cubiertos de arañazos recientes, con la mirada perdida y lágrimas secas en sus mejillas, y sus pálidos labios murmurando palabras initeligibles.
No fui capaz de soportar tal visión. Abrí los ojos de inmediato, me puse de pie y lancé la carta al suelo. No lo comprendía. ¿Por qué en ese momento cada fibra de mi ser estaba deseando correr hacia aquella ruina y recogerle del suelo y abrazarle? ¿Por qué ese sentimiento que no había tenido en tanto tiempo, la culpa, se abría paso a despiadados mordiscos en mi interior?
¿Por qué había lágrimas corriendo por mis mejillas?
Una voz, irritantemente parecida a la de mi amiga Ariadna, se coló en mi cabeza y susurró esas palabras que nunca quise oír pero podrían dar sentido a todo aquello:
¿No será que siempre estuviste enamorada de él?
Con un nudo en la garganta caminé hacia el ventanal. Seguí llorando en silencio de pie durante mucho rato, mientras conservaba su imagen en mi mente, mientras el fuego se apagaba y el frío que mordía mi interior conseguía apoderarse también de mi cuerpo.
Fuera, aunque yo no pudiera verlo, había vuelto a empezar a nevar.
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