Should not bury your passions...
How can you question God's existance, when you questioned God himself...?
El guerrero llevaba solo unos minutos esperando cerca de la puerta de su cabaña cuando la sintió llegar. Fue un estremecimiento el que le dio la alerta, igual que hubiera ocurrido cada vez, antaño. Maldijo por lo bajo. Al parecer, su cuerpo no la había olvidado. Alzó la mirada hacia donde terminaba el bosque, afianzando las manos en el agarre de su espada, sobre la que se apoyaba. No se fiaba.
Ella apareció entre las sombras de los árboles que proyectaba la luna. Vestía una capa blanca, como la nieve que pisaba al caminar pero no crujía bajo sus pies. Se detuvo al llegar a unos pasos de él, suficiente para permitirle ver un destello anaranjado de su cabello bajo la capucha.
- "No sabía que esto fuera una fiesta, lobo negro."
La suave voz entrando despiadadamente en su cabeza le hizo sobresaltarse. La parte de su mente que había tratado de enterrar tantos años se removía en respuesta. No podía ser, solo la había visto unos segundos y su autocontrol forjado en décadas estaba desvaneciéndose... Apretó los dedos sobre la empuñadura, frunciendo el ceño sin dejar de mirarla. Ella avanzó un paso.
- "¿Debería haber traído yo también mi espada?" La voz acariciaba sus pensamientos, despertando recuerdos aletargados a los que en absoluto deseaba prestar atención en aquel momento. Cerró los ojos e hizo un esfuerzo para recobrar esa compostura que no había perdido en años. Tras unos segundos pareció recomponerse; tragó saliva y volvió a abrir los ojos. Y se encontró de frente con los grises ojos de ella, a centímetros de su rostro, mirándole curiosa y desafiantemente.
Una gigantesca muralla de hielo se derrumbó de golpe en su interior, y la oleada de sensaciones que había estado manteniendo en su sitio inundó sus sentidos, y no pudo seguir manteniendo la cordura. Con un rugido se abalanzó sobre ella, con sus manos desnudas, olvidándose de su arma. Sin embargo, en un instante ya no estaba delante de él, y se detuvo, confundido. De repente sintió un filo contra la piel de su cuello, y un escozor cuando la hoja de su propia espada se deslizó sobre su garganta, de principio a fin. Se dio la vuelta en cuanto pudo y lo último que alcanzó a ver fue la hoja manchada, brillando bajo la luna, y a esa mujer lamiendo su sangre de ella sin dejar de mirarle a los ojos.
-Tenía ganas de cortarte. Siempre han dicho que tu sangre también era negra.
El guerrero abrió los ojos. Vaya, estaba vivo. Se llevó una mano al cuello y notó un leve corte, superficial nada más. Se incorporó, estaba en su catre; de frente a él estaba ella, sentada en el taburete al lado del fuego, envuelta en su capa de piel de lobo y recostada contra la pared. La capa blanca de ella estaba reposando sobre la mesa, secándose al calor del hogar, y su espada, ya envainada, se apoyaba al lado de la puerta. Bajó los pies hasta el frío suelo y puso los codos sobre las rodillas, sin dejar de mirarla.
- Y de la tuya dicen que es capaz de matar lobos. - Ella sonrió divertida-. Ha sido todo un detalle avisarme de que ibas a venir; supongo que los pensamientos del pobre chico han sido como un mapa directo hasta mi refugio.
- En realidad se lo pregunté abiertamente - comentó ella-. Le dije que éramos viejos conocidos y que antes de venir te pediría permiso. Y tú me recibes con la espada clavada en la nieve...
Él no dijo nada, sabía que no era necesario. De repente se dio cuenta de algo: su cabeza atormentada hacía un rato ahora estaba tranquila y serena. Buscó su muralla y no la encontró, pero tampoco encontró nada más allá, donde antes había caos. Inspiró con fuerza y ella le interrumpió.
- Me los he quedado yo un rato, si no te importa. Deseaba conversar contigo y dudaba que pudieras hacerlo en ese estado. Antes de irme te lo devolveré todo para que lidies con tus demonios de la forma que más te plazca.
"Quédatelos para siempre", estuvo tentado de decir. Tantos años tratando de hacerse invulnerable, y al final resultó que solo hacía falta un poquito de ella para que todo se desmoronase. La misma causa por la que construyó sus murallas. Si lo pensaba, tenía sentido.
-Conversemos, entonces. Supongo que si estás aquí es porque deseas saber algo...
Ella se incorporó en su asiento e imitó su postura.
- No me andaré con rodeos. He seguido tus andanzas desde que te instalaste en este bosque; siempre he sabido que estabas por aquí, aunque nunca me molesté en averiguarlo con exactitud. También sé a qué te has estado dedicando estos últimos años. -El asesino se removió incómodo; desde luego, no era un cometido del que se sintiera orgulloso. Pero algo había que comer, y aquello era lo único que sabía hacer.- Por eso no creo que te encontráramos en aquella taberna por casualidad. Y también sé que no cumpliste con el cometido que tenías esa noche.
El hombre la miró con curiosidad. No por cómo habría ella averiguado esas cosas, sino porque el borracho con el que la había visto hablando disfrazada aquella noche era exactamente el bastardo que le habían asignado como objetivo. Y no se había dado cuenta hasta ahora; de hecho, una vez ella y el chico hubieron salido de la taberna, había olvidado completamente su encargo y se había dedicado a vaciar jarras una tras otra. Ella siguió hablando tras una pausa.
- Por eso asumí que tú tienes relación con la persona que me interesa. Ese pobre diablo nunca ha estado metido en negocios turbios, no hasta que un desconocido le ofreció un saco de monedas de oro solamente por guardar esto. - Metió una mano dentro de la capa y sacó dos llaves de forja, atadas con un cordel, y se las tendió.- Y estoy bastante segura de que esto guarda algo que me han arrebatado.
El guerrero se levantó y tomó las llaves de la mano de la mujer, no pudiendo evitar un roce que le envió una pequeña descarga de sentimiento, pero adormecido. Examinó los objetos y los reconoció; se dirigió a la pequeña cómoda que había al lado de su cama y sacó un papel de uno de los cajones. Se lo tendió todo a ella de nuevo.
- Ese dibujo me lo dio quien me contrató. Me dijo que debía tomarlas después de haber silenciado al objetivo, y fundirlas en una fragua. -La muchacha examinó el papel: en él había una representación exacta de esas llaves. Miró a su interlocutor, que seguía hablando-. Sin embargo no puedo decirte quién es; solo nos hemos comunicado por misivas, incluso la bolsa con el pago apareció un día delante de mi puerta. Bolsa que por otra parte debería devolver... -se dio media vuelta y se sentó en el catre de nuevo, enterrando la cara en las manos; necesitaba cada una de aquellas monedas. Sintió cómo el colchón de lana se hundía a su lado.
- Te propongo un trato -dijo ella-. Quédate las llaves y fúndelas, pero a cambio me darás una de las cartas que te ha enviado este individuo. Con eso me servirá para lo que necesito, y tú podrás conservar el dinero.
El hombre levantó la cabeza y la miró. Sus ojos eran francos; no ocultaba nada ni tramaba algo en su contra. De todos modos, aunque así fuera... qué más daba ya. Asintió y ella sonrió.
- De acuerdo, entonces ahora me iré. -Le cogió la cara con las manos y le miró fijamente, escrutando su rostro-. No puedo creerlo, tus ojos son aún más tristes de lo que eran antes, lobo negro...
Acercó su cabeza a la de él, juntando sendas frentes, y el guerrero sintió cómo su cabeza volvía a pesar poco a poco, pero aún no notaba la desazón a la que pensaba que habría tenido que enfrentarse. La mujer se separó de él, pero le cogió la mano diestra y depositó un suave beso en el dorso.
- Para que no te olvides de mí.
Acto seguido, ante su mirada adormilada, la mujer recuperó su capa y salió por la puerta, cerrando tras de sí.
En ese preciso instante todas las sensaciones aletargadas se abrieron paso a la vez en su consciencia, causándole una agonía mental que nunca habría creído sentir. Cayó al suelo con un grito desgarrado, y allí siguió gimiendo y llorando durante varios minutos, retorciéndose y arañándose la cara, hasta que se cansó su garganta y su mente no pudo soportarlo más, y la única sensación que le quedó fue el escozor del deseo en el dorso de su mano derecha.
En ese preciso instante todas las sensaciones aletargadas se abrieron paso a la vez en su consciencia, causándole una agonía mental que nunca habría creído sentir. Cayó al suelo con un grito desgarrado, y allí siguió gimiendo y llorando durante varios minutos, retorciéndose y arañándose la cara, hasta que se cansó su garganta y su mente no pudo soportarlo más, y la única sensación que le quedó fue el escozor del deseo en el dorso de su mano derecha.
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