Frozen warrior

I might have gone black and white...

El asesino estaba sentado en la barra de una taberna de aquella sucia ciudad, con una jarra entre las manos, ajeno a la algarabía de su alrededor, sus negros ojos fijos en el sucio paño que languidecía en una mesa, detrás de la barra.
Ni siquiera sabía por qué estaba allí. Él ni siquiera era un verdadero asesino... Pero necesitaba dinero, pues la pequeña fortuna que había acumulado en sus años de combatiente se había ido gastando poco a poco, y ya se le habían pasado las ganas de luchar en grandes contiendas. Demasiado esfuerzo y responsabilidad...
Inevitablemente sus pensamientos volvieron al pasado. Él no era tan mayor, pero sentía aquellos pocos años como si hubiera transcurrido una eternidad. Tantas y tantas misiones y luchas con un único objetivo: acabar con esa raza abominable que eran los vampiros. Cuánta fuerza convertida en odio, una juventud desperdiciada por dedicarse enteramente a destrozar y mutilar a esos seres. Qué convencido estaba entonces...
En ese momento alguien se sentó a su lado. El guerrero alzó la vista y vio a un hombre joven, de pelo castaño y ojos grises, vestido con ropas de viaje, que le brindaba una media sonrisa. Le costó un rato reconocerle, pues había cambiado mucho desde la primera vez que le vio, cuando se lo encontró casi congelado de frío en medio del bosque de robles. De repente a su memoria vino la conversación que mantuvieron junto al fuego de su cabaña, y como si le hubiera leído el pensamiento, el muchacho recitó en voz alta las mismas palabras que antaño el guerrero le confiara:
- "El amor y el deseo pueden ser las fuerzas más poderosas y destructivas de la naturaleza, y el odio no es más que el sentimiento muerto de los deseos que han sido negados al corazón..." -el chico miraba a los ojos a su interlocutor mientras hablaba-. No ha sido hasta hace poco que he comprendido el significado de tu consejo, misterioso ermitaño.
- Me alegro de verte bien, Gabriel -contestó el guerrero, observándole con detenimiento. El joven llevaba dos puñales colgados al cinturón, escondidos bajo la capa pero no para un ojo experto como el suyo. Botas fuertes, pantalones flexibles. Lo que a primera vista le había parecido un atuendo de viaje, ahora era evidente que no era tal. Eran ropas de pelea. Otra cosa estaba clara: la esencia de lobo que antes solo se intuía, ahora vibraba alrededor de su persona, un poder inmenso pero que aún inexperto, deseoso de ser controlado y utilizado. Gabriel se dio cuenta de su mirada y acentuó la sonrisa. El hombre continuó hablando-. Parece que no vienes solamente para charlar con este viejo... espero que la persona por la que haces lo que sea que vengas a hacer no sea la misma que te traía de cabeza la primera vez que nos vimos.
- Es exactamente la misma, viejo amigo. -El muchacho dejó escapar una risa breve, parecía divertido.
- Entonces es que no prestaste demasiada atención a ese consejo que al parecer tan bien recuerdas... - no pudo evitar que en su voz se filtrara una pizca de amargura. Nadie entendía su decisión, nadie comprendía que una vez perdido su más acuciante anhelo, lo mejor era dejar que el corazón se enfriara para evitar que se corrompiera por el odio, o bien volcar todo ese odio hacia un determinado objetivo, para así mantenerse puro en el interior... Cuando ese joven le contó su historia, él supo enseguida que estaba enamorado de la misma persona a la que decía odiar. Él había pasado por la misma situación largos años atrás, y su decisión había sido la errónea, deshacerse del odio enterrándolo junto con la espada en la carne de su enemigo, un enemigo que representaba todo lo que había amado y perdido. Ahora ya había depositado su alma en la frialdad del bosque en el que residía, pero el pasado era imborrable. Se reprendió mentalmente a sí mismo por no haber sabido inculcar en aquel muchacho la decisión correcta. En ese momento Gabriel volvió a hablar.
- Es cierto que en aquel momento no comprendí bien lo que intentabas decirme, pero tiempo después otra persona me convenció de dirigir mi odio hacia aquello que lo provocaba, y las consecuencias fueron terribles. -El guerrero sintió un escalofrío. Con aquella cantidad de poder, ¿qué era lo que ese chico habría sido capaz de desatar? El semblante del muchacho ya no era tan alegre. - No obstante, tiempo después me di cuenta de que aquella no era la única ni mejor solución, y tomé mi propio camino: permanecer a su lado, servirle de ayuda y apoyo para que ella reconociera en mí alguien a quien apreciar. Mi corazón puede no estar completamente satisfecho, pero te aseguro, viejo amigo, que el odio es infinitamente peor...
- No alcanzo a imaginar cómo de bella o poderosa debe de ser esa mujer, para poder aguantar seguir a su lado pese a que conoce tus sentimientos y no hace nada al respecto. 
Gabriel recuperó la sonrisa.
- Bueno, es probable que en breve tus dudas queden despejadas. No he venido solo. - Y miró a un punto situado a la espalda del hombre, que se giró en la alta silla y miró a donde señalaba Gabriel.
En aquella esquina había dos personas a la mesa: de espaldas a él, una figura ataviada con una capa gris de viaje, con la capucha calada; enfrente de ella, un hombre bastante gordo con la nariz enrojecida por los excesos, que miraba fijamente a su interlocutor. En aquel momento el hombre se agachó a buscar algo en una gran bolsa de cuero que había a su lado en el banco, y la figura capeada aprovechó para girarse hacia esa mirada que la atravesaba desde hacía un rato. Se bajó la capucha, dejando ver un redondo, bonito y pálido rostro enmarcado por dos mechones de pelo negro intenso que escapaban de un recogido algo enmarañado, y miró fijamente al guerrero unos instantes, los suficientes para que este reconociera qué era aquella persona.
El asesino se tensó y metió una mano bajo la capa. Tras él, Gabriel notó su incomodidad y vio su movimiento, y se puso de pie para intervenir si fuera necesario. Mientras tanto, la mujer había guardado en la capa lo que el borracho le hubiera entregado, y se levantó y caminó hacia ellos. Su porte era discreto pero elegante, y sus pasos firmes. A medida que se acercaba, algo en el interior del guerrero se removió, pues hacía años que no veía a ninguno de esos seres. La joven no se detuvo frente a él sino que pasó de largo hasta Gabriel, a quien habló.
- ¿Nos vamos?
El sonido de sus palabras desgarró algo en el interior del hombre. Conocía esa voz, maldita sea, pero ese rostro... 
Gabriel le puso una mano en el hombro, sobresaltándolo. -Me alegro de haberte visto de nuevo, viejo amigo. Cuídate. -Y dicho esto se encaminó a la puerta. El guerrero se quedó mirando la espalda de la mujer, y de repente ésta se detuvo y giró la cara hacia él. Pero ya no era el mismo rostro: unas facciones afiladas, un cabello cobrizo brillante, y unos profundos ojos grises que le devolvían la mirada.
El hombre sintió cómo un viejo recuerdo despertaba, haciéndole daño. Aquella mujer había sido compañera suya en el pasado, muy en el pasado... tanto que no había vuelto a pensar en ella, pero al verla ahora allí, después de tanto tiempo, los sentimientos comenzaron a removerse en su interior. La mujer sonrió y se dio media vuelta, siguiendo a Gabriel hasta salir de la taberna, y en ese momento unas palabras alcanzaron la mente del asesino.
"Yo también me alegro de volver a verte, lobo negro."
Se acordaba. Aún se acordaba. El guerrero, asesino de vampiros, volvió a recordar los ojos de su antigua compañera, la primera de tantas, y sintió cómo, ya fuera por el miedo o la aprensión, su congelado corazón palpitaba más fuerte de lo que lo había hecho en muchos, muchísimos años.

Comentarios