Unplanned.

... not to give, hostages.

Después de recuperarme del estrecho encuentro con mi hermano, que había dejado ciertas secuelas en mi capacidad de autocontrol, me tomé el tiempo necesario para pensar en cómo actuar a continuación. Encendí un fuego en mi salón privado y me senté en una butaca frente a la chimenea, con una copa de vino en las manos, y traté de pensar.
Mi situación era bastante grave. Mis vasallos no eran de fiar, y acababa de enterarme que hacía tiempo que había perdido a aquellos que, según creía, creía me respaldaban en mayor medida. Eso significaba que mi casa ya no era segura, lo cual me conmocionaba bastante ya que me sentía muy a gusto en ella, y además era una herencia familiar de siglos y con decenas de útiles estancias ocultas y pasadizos...
Por otro lado estaban mis amenazas directas. El hecho de que las dos personas que más me odiaban en este mundo hubiesen dejado de lado sus muchas diferencias con el único objetivo de acabar con mi vida era algo que aún me sorprendía, ya que nunca me había considerado tan importante para ninguno de ellos. 
Y además las palabras de mi hermano habían dejado huella. Me di cuenta de que, si quería conservar las dos únicas alianzas que me quedaban, debería ser más generosa. Ariadna apreciaba mi lealtad, pero la conocía lo suficiente como para saber que si su pequeño imperio peligraba por ayudarme, se limitaría a hacer por mí lo justo y necesario. La vida no es para siempre, como solía repetir a menudo, sobre todo en sus excesivas y opulentas fiestas.
Y Gabriel... No sabía qué esperar de él. El tembloroso y apasionado muchacho al que enseñé a luchar con espada ya era un lobo hecho y derecho, un líder frío y poderoso, pero de una manada débil y dispersa, con demasiados enemigos como para tener fe en sí misma, demasiadas tentaciones externas como para solidificarse. Gabriel cada vez era más lobo y menos mío, no podía dejar de notar la diferencia en las escasas veces que le permitía visitar mi torre durante la noche. 
Él, sin embargo, no dejaba de intentarlo, de acudir a mí, buscando supongo un rescoldo del calor del corazón que le arrebaté inevitablemente durante su estancia conmigo. Sabía que su frialdad actual era un reflejo de mí, una actitud que había adoptado en su firme y estúpida decisión de servirme hasta la muerte, pero sabía también que se acabaría cansando. Necesitaba valorarle más y sobre todo, hacerle saber que sus acciones no eran en vano, o acabaría alejándose.
Con estos nuevos objetivos en mente, pasé a sopesar una acción más inmediata. Ya que no tenía ni la más remota idea de los planes de mis enemigos, decidí que la mejor opción sería atacar. Debía encontrar a algunos conocidos que teníamos en común y tratar de sonsacarles toda la información que pudiera.
En ese momento sentí una presencia en los límites de mi morada. Como confirmando mi sensación, se oyó un aullido de lobo. Lo escuché atentamente, descifrando su significado. Conocido, aliado, urgencia. De inmediato me levanté, dejé la copa sobre la mesa auxiliar y bajé para abrir personalmente la puerta.
El que se apresuraba a galope no era ni más ni menos que el lacayo de Ari, cosa que me sorprendió ya que ella usaba aves o mensajeros cuando deseaba enviarme misivas, nadie de alto rango. El hombre desmontó con celeridad justo en las escaleras de acceso y subió los escalones de dos en dos. Al llegar a mi altura, casi se le olvidó inclinarse ante mí. Casi.
- Mi-mi señora, p-perdón por la intrusión, p-pero esto es grave, señora, es m-muy grave... -Comenzó a retorcerse las manos y a murmurar en voz baja, como si rezara. Estaba atacando mi paciencia, así que le insté a que se apresurara.- F-fui esta mañana a hacer unos e-encargos para mi dama Ariadna, y c-cuando volví de nuevo a la c-casa esta estaba vacía, m-mi señora, no había rastro de e-ella, solo estaban allí los cocineros, mi señora, t-todos yaciendo en el suelo, inconscientes... M-me asusté y s-subí a su alcoba, llamé y no contestó nadie, a-así que abrí la puerta y lo único q-que encontré fue esto, mi señora, y no sñe que significa... - El hombre me tendió una mano cerrada y yo extendí la mía con precaución para recoger lo que me entregaba. Cuando abrió el puño, se abrazó a sí mismo y cayó de rodillas, temblando. Yo miré lo que había caído en la palma de mi mano.
Era una cinta roja, manchada de una sustancia ya seca, casi invisible, solo delatada por el intenso olor que desprendía: era la sangre de mi amiga.

Gabriel llamó a la puerta de mi habitación antes de entrar despacio. Me encontró frente al armario, muy atareada.
-Llegas a tiempo para ayudarme con esto -le dije por encima del hombro mientras me sujetaba la parte anterior de mi corset de montar, enseñándole la espalda desnuda. Se acercó rápidamente y me dedicó una caricia de sus labios antes de proceder con los lazos.
- ¿A qué se debe esta prisa? ¿Acaso mi señora va a algún lado? -Acabó de atar las cintas y abrí un cajón lleno de dagas y puñales, y comencé a atarme mis armas favoritas, ocultas en fundas de cuero, a brazos y piernas. Seis en total. Me giré hacia él y me encontré su mirada interesada.
- Esta es noche de caza, pequeño. Mejor ve a por tu capa de viaje, porque no tengo intención de salir sola.
Su sonrisa fue la primera real desde hacía mucho tiempo, tan cálida que por un momento olvidé el resto de mis problemas.

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