Poison words
I saw the gleam in their eyes...
La nieve virgen crujía bajo el peso de mis botas.
Caminaba decidida, con mi mente alejada del exterior y concentrada en el sueño, en recordar exactamente el camino que había seguido hasta llegar a aquel claro.
Después de meditarlo un poco, había asumido que aquel lugar tenía que significar algo. Mi archienemigo adoraba los enigmas y, después de varias derrotas, se había acostumbrado a sopesar cuidadosamente cada paso que daba. Se había vuelto calculador y frío, en contra de su antaño usual carácter impetuoso y ardiente. De modo que si había elegido aquel claro para retarme, tendría que acudir de nuevo si quería respuestas.
Pero esta vez un poco más preparada, como atestiguaba la espada de acero que colgaba de mi cinturón, golpeándome los muslos al caminar.
Un chasquido seco a mi izquierda me hizo salir de mi ensimismamiento. Tras detenerme, miré hacia el lugar de donde había provenido el ruido, y vi a uno de mis lobos que me contemplaba fijamente. Le reconocí por la cicatriz en el lado izquierdo del hocico, que deformaba su gesto obligándole a mostrar permanentemente los colmillos, haciéndole realmente escalofriante. Era el segundo al mando de la manada, mi guardián más antiguo y fiel, y su mirada sugería que tenía algo que decirme. No obstante, preferí no abrir la comunicación, pues no quería exponerme; me limité a llevarme un dedo a los labios, y seguí caminando. Activé mi sentido de detección y de inmediato sentí la presencia de tres lobos más a mi alrededor; los identifiqué como aliados y asumí que me habían visto salir y decidieron seguirme.
Pero, ¿para protegerme?
Volví a centrar mi atención en el camino que me dictaba el sueño. Tras unos minutos más caminando, por fin reconocí los árboles tras los que había estado escondida la noche antes. Aminoré el paso y, llevándome la mano a la empuñadura de la espada bajo la capa, me adentré en el claro con cautela.
Hice bien.
Las ramas del árbol que había encima de mí se agitaron violentamente. Con la velocidad del rayo, desenvainé y alcé la espada, justo a tiempo para desviar la estocada mortal que caía del cielo, dirigida a mi nuca desprotegida. El hombre que la esgrimía cayó inmediatamente después y apenas sí me dio tiempo a echarme al suelo y rodar a un lado para evitar el impacto. Me incorporé rápidamente, y cuando me di la vuelta hacia mi contrincante, éste ya estaba abalanzándose sobre mí, con el acero en alto. Me clavé en la nieve y, sujetando la hoja de mi espada con la otra mano, detuve el tremendo golpe.
El filo me perforó la piel y la carne. Apreté los dientes y contuve la fuerza que me empujaba hacia el suelo. En aquel momento nuestras miradas se juntaron, unos orbes exactamente iguales, y se hizo palpable en el ambiente el odio del que estábamos destinados a ser víctimas sólo por el hecho de ser hermanos.
Sus ojos grises se tornaron plateados, brillantes, una inequívoca señal de su furia. En aquel momento mi autocontrol desapareció, disuelto entre toda mi rabia; mis ojos se volvieron carmesí y mis colmillos se manifestaron. Con un alarido le empujé hacia atrás, me arranqué la hoja de la mano y, dando un giro sobre mí misma para coger impulso, asesté con ambas manos un golpe al brazo que sujetaba su espada. Thorn reaccionó deteniendo el golpe con la palma de su mano, pero para ello tuvo que soltar el arma. Me creí vencedora, pero en aquel momento agarró la hoja de mi espada y tiró de ella, sin importarle cortarse, atrayéndome hacia él. Soltó entonces el acero, y antes de que me diera tiempo a reaccionar me estaba rodeando férreamente la cintura con ese mismo brazo, mientras que con la otra mano me levantó la muñeca izquierda para que no pudiera moverme.
- Cuánto tiempo, hermanita.
Mi corazón parecía querer salirse de mi pecho. Me retorcí, en vano; él me ganaba con creces en lo referente a fuerza bruta.
Y lo peor es que el odio me cegaba de tal manera en aquel momento, herida y tan cerca de él, casi saboreando su aliento y el olor de su piel, que no era capaz de usar mis habilidades mentales. Todo lo que quería era morderlo, arrancarle la carne del cuello, arañarle la cara, quebrarle los huesos uno a uno, oírle gritar hasta desgarrarse la garganta.
Le miré fijamente, transmitiéndole mi ira, y una sombra burlona asomó a sus ojos. A continuación, acercó su boca a mi muñeca y en un gesto retador lamió la sangre que se deslizaba por mi antebrazo, sin desviar la mirada. Justo después me sacudió violentamente y me lanzó hacia atrás con tal fuerza que no pude sostenerme y caí entre la nieve.
Me incorporé apoyada sobre las manos, alcé la mirada hacia él y sonreí.
En aquel momento, la piel de su rostro comenzó a tornarse cetrina, y su expresión cambió a una de pánico y agonía. Al parecer, el sabor de la esencia de cierta planta en mi sangre no le había agradado demasiado. Cayó de rodillas llevándose las manos a la garganta y emitiendo sonidos gorgojeantes, que poco a poco se fueron transformando en gruñidos. Finalmente, con un rugido se arrancó el jubón y acto seguido se transformó.
Unos segundos después un gigantesco lobo gris perla vomitaba sobre la nieve.
Cuando hubo vaciado su estómago, alzó el hocico y aulló al cielo sin luna. Al momento, cuatro lobos salieron de entre los árboles y se colocaron a su altura, flanqueándole. Uno de ellos me miró con una mueca grotesca que dejaba entrever sus afilados colmillos.
Traidores. Allí estaban, al descubierto.
Thorn dirigió a mí su mirada de nuevo, y recuperó su forma humana. Completamente desnudo, se levantó y me sonrió; yo también me levanté en respuesta y me preparé para defenderme.
- Está bien, hermanita. Charlemos.
- Antes déjame matar a esos amigos tuyos -espeté-. ¡Han roto el juramento que le hicieron a Alexander y por ello serán ejecutados!
Mi hermano dejó escapar una risa burlona.
- Alexander está muerto, querida. Si de verdad crees que seguirán guardándole lealtad a un cadáver es que eres más ingenua de lo que pensaba. - Mi mirada debió de inspirarle algo, porque prosiguió-. ¿O acaso sí que esperabas que te guardaran lealtad a ti?
En mi silencio encontró su respuesta.
- ¿En serio conservas esas ideas utópicas? -prosiguió-. Eres un maldito vampiro, ¿por qué lobos como ellos habrían de seguirte? ¿O acaso les considerabas tus aliados, tus amigos? - Thorn comenzó a caminar de lado mientras hablaba, sin que variara su distancia respecto a mí-. La amistad no existe en nuestro mundo, pequeña. Para que haya amistad ha de haber amor, y tú eres la primera que no es capaz de amar. Lo que mueve a los seres es el interés, hacia quien les alejará de los peligros o les proporcionará comida en abundancia. Y en este caso ése soy yo, y lo demás no importa. Los muertos se van, y el recuerdo es para los débiles. Y así no estás sino demostrándome lo débil que eres...
- Pero la amistad existe - le interrumpí-. Tanto tú como yo hemos tenido amigos fieles que aún ahora se mantienen a nuestro lado, y luchan por nuestras causas.
- ¡Porque obtienen un beneficio a cambio! -Thorn parecía exasperado-. Ellos te ayudan y tú les ayudas a cambio, ¿no te das cuenta? Dime una cosa, siendo sincera, ¿si fuera necesario morirías por esas personas?
La respuesta vino de inmediato a mi mente, y él pudo leerla en mis ojos, no en vano éramos de la misma sangre. Su carcajada hizo que varias aves alojadas en los árboles cercanos levantaran el vuelo.
- Y del mismo modo sabes que esas personas en las que piensas tampoco morirían por ti, ¿verdad? ¿Entonces qué esperas? La ley de este mundo es sangre por sangre y carne por carne, ¿acaso lo has olvidado? Tu ego te ciega, pensando que todo gira en torno a tu persona y que es un orgullo ser tu guardia personal, y no te das cuenta de que sólo si arriesgas tu vida por salvar a sus hijos ellos arriesgarán la suya por ti. Yo les ofrezco más: la protección de una gran manada donde cada individuo es lo primero, y así seguirá siendo mientras mantengan el grupo. Eso es mucho más de lo que tú podrías soñar en ofrecerles.
La ira me invadió de nuevo.
- ¿¿Y por eso te has vendido?? -escupí-. Has renunciado a los principios de los que tanto alardeabas antaño, has pactado con aquellos a quien en su día juraste matar, sólo para obtener un beneficio: la protección de tus perros y a la vez la de tu nuevo amo. Eres repugnante.
- Con Phyros tengo un acuerdo - contrajo-. Él me da lo que quiero y yo le ayudo en lo que necesite, y finalmente ambos saldremos ganando, créeme.
- No sabes lo que dices. No le conoces, es demasiado inteligente hasta para ti; aunque ahora no te des cuenta te has convertido en su nuevo esclavo, su marioneta. ¿Hablas de mi ego? Él ni siquiera puede mantener aliados, ya que los manipula y maneja a placer, utilizándolos para sus propios fines y matando a los que no le sirven; y si te rebelas, se encargará personalmente de que sea lo último que hagas.
Mi hermano detuvo sus pasos sobre la nieve y esbozó una media sonrisa.
- Lo que ocurre en esta alianza es que el fin último del acuerdo es común para él y para mí -dijo con voz grave-. Ambos perseguimos el mismo objetivo, y a ninguno nos importan los medios, ya que nos mueve el deseo más visceral, la fuerza más potente que puede mover a un ser de cualquiera de las razas. Es el odio, hermanita. Yo te odio por ser quien eres y él te odia porque representas todo lo que siempre ha querido y nunca tendrá, pero eso no cambia nada. Y por eso no me importa ser su sirviente, ya que al final cada uno de los pasos que demos estará destinado a matarte.
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