Sweet oblivion

Come make me miss you...


Estuve muchas horas pensando en aquel sueño, con la vista clavada en la cinta roja.
La presencia en mi habitación de aquel trozo de seda sólo podía significar que no había sido un mero sueño, pero que tampoco había estado allí realmente.
Durante mis años de adiestramiento habíamos estudiado la teoría de los viajes mentales, y un grupo selecto de alumnos -entre los cuales me incluyo orgullosamente- habíamos llegado incluso a ponerlos en práctica durante algunos segundos. No era algo que me entusiasmara especialmente, ya que dejar mi preciado cuerpo desprotegido me parecía poco práctico; aun así, las clases eran las clases, y el alumno más avanzado consiguió incluso un viaje de minuto y medio.
Pero siempre éramos conscientes de haber provocado un viaje. Eso era lo que me desconcertaba.
En cierto momento bajé a la biblioteca para consultar viejos volúmenes que habían sido de mi madre y que aún guardaba celosamente. Busqué largo rato entre aquellas polvorientas hojas, hasta que llegué a la única conclusión que parecía acertada.
Alguien me había transportado al bosque, me había devuelto a mi alcoba y me había hecho dormir el tiempo suficiente para que al despertarme considerara la vivencia como un sueño.
Pero tal vez ese alguien no pensara en que me iba a traer una prueba en forma de seda escarlata.
Golpeé la mesa con el puño, enfurecida. Ese alguien debía tener grandes poderes, por lo que era ajeno al castillo, ya que el único con un ligero poder aquí era Gabriel, un chico sin instruir y demasiado instintivo, y desde luego no lo suficientemente poderoso.
Así que tenía que ser una persona que me conociera lo suficiente como para poder entrar en mi mente sin activar mis propias alarmas, desde una distancia considerable... ¿Quién sería capaz de tal logro?
Tres rostros vinieron inmediatamente a mi mente. Uno era el de mi enemigo. ¿Podría haber sido él? Me parecía improbable, ya que estaba allí en el claro besándome el cuello relajadamente, y mantener la concentración era crucial para impedirme el regreso.
El segundo era el de Ariadna. Sus poderes igualaban los míos, pero era una de las pocas personas que habían demostrado fidelidad incondicional desde hacía mucho tiempo, así que la descarté.
El otro... rechacé la idea nada más pensarlo. Era el de la persona que había visto en el claro. Tenía grandes poderes y me conocía muy bien... pero llevaba varios meses muerto. Y yo misma le había visto morir.
De repente, encontré la respuesta. Tan clara que no entendí cómo no se me había ocurrido antes.
Mi hermano.

Mi hermano Thorn, varios años mayor que yo, había huido del lado de mis padres cuando aún era un niño, apresado por la necesidad de contacto con su especie. Era un lobo, y pese a que mi madre le había explicado todo lo que necesitaba saber, en cuanto nací yo y vio mis incipientes colmillos huyó de casa. Mis progenitores no me contaron sobre él, sino que otra persona lo hizo; lo único que importaba ahora era que lideraba una manada que no había querido firmar la paz conmigo, y que marchó lejos, en busca de retos.
Y, según mis sospechas, los había encontrado.
Abandoné la biblioteca, cogí mi capa, salí de la mansión y me encaminé hacia el bosque.

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