Bloody dreams

Naylea se encontraba en el bosque, una noche de luna creciente a pocos días de llenarse. El viento ululaba siniestramente, azotando su cuerpo, que vagaba siguiendo el rumbo que marcaban sus instintos. Los sentidos, afilados al máximo; la mente, totalmente desconectada, a merced del impulso. La nieve del suelo bajo y sobre sus pies descalzos; la gelidez del ambiente en la piel de su rostro; la suavidad del terciopelo de la capa escarlata sobre sus hombros; el destello de la luna en las dilatadas pupilas. Sin una intención clara, sus pies desnudos la llevaron hasta un claro, un lugar en el que por alguna razón los árboles no se habían atrevido a brotar. No entró en el claro sino que esperó apoyada en un tronco, justo antes. ¿Qué hacía allí? Ni siquiera se planteó esa pregunta. ¿Qué esperaba? 

No tuvo tiempo de pensar la respuesta. De repente sintió una respiración sobre la nuca, sobresaltándola ligeramente dentro de su trance, y una mano tapó sus ojos con suavidad. Una voz ronca y masculina le indicó en susurros que no se moviera. Naylea respiró con rapidez; dentro de su ensoñación, reconoció la voz como la del hombre del baile del mes pasado; en otras circunstancias la daga que llevaba alojada en el muslo ya se encontraría enterrada varios centímetros en el cuello de aquel hombre. Algo en su interior, no sabía muy bien qué, le dijo que debía relajarse. Así que eso hizo, confiando en su instinto.
Segundos después, el individuo liberó su vista deslizando sus manos desde su cara, por sus hombros hasta dejarlas descansar en la cintura, manteniendo los labios muy cerca de su oreja. "Observa", le dijo al oído. Naylea dirigió la vista de nuevo al claro y lo que vio allí la dejó paralizada: de espaldas a ella, con los pies descalzos enterrados en la nieve y la misma capa de terciopelo rojo que ella llevaba, había aparecido súbitamente la figura de una mujer. Enfrente de ella, un cuerpo masculino embozado de negro se le acercaba. La rodeó con sus brazos de forma posesiva, como inspirando su aroma y, de repente, alzó la mirada y clavó sus ojos en Naylea.
Unos ojos rojos como ascuas. 

Al ver aquellos ojos, tan conocidos, Naylea sintió un vuelco en el corazón. Su instinto le impidió seguir mirando, y no pudo evitar girarse bruscamente hasta enterrar la cara en el pecho de su acompañante, que la abrazó suavemente, su voz con aquel acento extraño y fascinante susurrando palabras de calma. Cuando recuperó algo de entereza, volteó de nuevo a contemplar la imagen del claro, pero la extraña visión ya había desaparecido. 
Aunque no del todo. 

A dos pasos frente a sus pies, una cinta roja descansaba sobre la nieve, agitada por el viento. Se dio cuenta de que esa cinta era suya, el mismo pedazo de seda roja que hasta hacía unos minutos sujetaba su cabello, y en ese instante éste se desenredó y cayó de repente por su espalda como una cascada cobriza. Alarmada, giro la cabeza bruscamente hacia el hombre... pero en su lugar ya no estaba este, sino otra persona que conocía demasiado bien.

Phyros la miró con expresión tranquila y empezó a caminar lentamente hacia ella. Su desconectada mente lanzaba una y otra orden de huida, de defensa, de ataque... pero sus botas estaban clavadas en la nieve y sus ojos no podían desviarse del movimiento de su cuerpo que lo acercaba cada vez más a ella. El hombre se inclinó y sonrió, y aquellos ojos suyos, de color carmesí, relucieron peligrosamente al tiempo que alargaba una mano para deslizarla bajo su barbilla. Naylea sintió cómo otra mano en su hombro la empujaba hacia abajo, hasta quedar ambos de rodillas sobre la nieve, frente a frente.
No se podía mover. Su cuerpo no le respondía, su mente solo era espectadora de lo que estaba ocurriendo. Sin dejar de sonreír, Phyros acercó su boca al cuello de Naylea y esta sintió la fría humedad de unos labios delineando su mandíbula, y manos enredándose en su pelo.
El pánico se apoderó de ella. Tenía que huir, huir o matarle, tenía que matarle. Intentó forcejear contra la niebla mental que la dominaba, luchó por mover sus extremidades, por liberarse, pero solo consiguió flexionar ligeramente las puntas de los dedos. Tenía que matarle...
Advirtió alarmada cómo la mano de Phyros se cerraba en un puño entre su pelo y cómo tiraba de ella hasta tumbarla sobre la nieve, dejándola desmadejada como una muñeca y poniéndose a horcajadas sobre su cuerpo. Sus labios comenzaron a bajar por su cuello, de una forma a la vez sensual y gélida, dejando la piel erizada a su paso. Mientras una mano desabrochaba su capa, la otra mano bajaba trazando su costado, su cintura, hasta su muslo, acariciando burlonamente sobre el vestido la daga que antes creía bien escondida. 
En ese momento, y sin previo aviso, Phyros le mordió con fuerza bajo la oreja izquierda, sus largos caninos haciendo brotar la sangre a la vez que inspiraba profundamente.

Naylea creyó que iba a volverse loca. Sus brazos languidecían extendidos a ambos lados de su cuerpo, con los dedos enterrados en la nieve. Sus ojos se movieron desesperadamente en todas direcciones, buscando una salida de aquel sueño, una señal que le ayudase a recuperar el control. 
Un destello carmesí sobre la nieve llamó su atención, al principio pensó que quizá fuera la sangre que ya brotaba de su cuello... Pero cuando consiguió enfocar la vista, se dio cuenta de que era la cinta roja que había sujetado su cabellera minutos antes. Intentó alcanzarla para cogerla, centrando toda su voluntad en mover la mano derecha, que comenzó a desplazarse centímetro a centímetro, mientras sobre el hombre seguía dándose un festín con su piel y su sangre, inadvirtiendo el movimiento. Tenía que cogerla, intentó bloquear de sus pensamientos el fuerte cuerpo que tenía sobre ella, solo tenía que estirar un poco más la mano para alcanzarla...
En cuanto las yemas de sus dedos tocaron la cinta, Naylea sintió una descarga recorriendo todos sus músculos, alimentándolos, devolviéndoles la fuerza. Phyros levantó la cabeza de su cuello, la miró a los ojos y sonrió con esos labios manchados de sangre.
Naylea le empujó hacia atrás y se puso de pie con la rapidez del rayo, adoptando de inmediato postura de ataque, llevando la mano a la abertura de la falda y sacando velozmente la daga de su vaina. Phyros le lanzó una mirada de superioridad mezclada con interés, y sus labios se retrajeron hacia atrás formando una mueca retadora, llena de dientes. Naylea dejó escapar un siseo furioso antes de flexionar las rodillas y abalanzarse de un salto hacia él, enarbolando en alto la daga de plata, pero justo antes de llegar a caerle encima, su vista se oscureció y la negrura del mundo se abatió sobre ella. 


Naylea se despertó con un sobresalto. Abrió los ojos y palpó a los lados en la semioscuridad, y se dio cuenta de que estaba en su cama, arropada confortablemente. Se sentía cálida, como si llevara varias horas durmiendo. 
¿Qué había pasado? Inspiró profundamente, y con la espiración intentó soltar la tensión que parecía querer oprimirle el pecho. Se incorporó y bajó las piernas al suelo hasta quedar sentada en un lado de la cama. Al echar un vistazo alrededor todo parecía estar tal y como lo había dejado antes de acostarse. Un libro en el suelo, la manta arrastrando, el leve calor que desprendían las brasas en la chimenea.
Las brasas que relucían, brillantes, burlonas.
De repente todo el extraño sueño volvió a su mente de golpe. Su pulso se aceleró y apretó las sábanas entre los puños. En la claridad de la vigilia, intentó controlar su respiración durante unos minutos y se dispuso a analizar el suceso con algo de entereza. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que la persona con quien se había visto a sí misma en el claro, el hombre que la había mordido y acariciado con deseo y frialdad al mismo tiempo, llevaba varios meses muerto. Se habían asegurado de ello... De modo que solo había sido una ilusión.

Naylea suspiró algo más tranquila. Con un gesto rápido de su mano izquierda, se encendió una de las lámparas de aceite que había colgadas en la pared sobre su cama, y se volvió a recostar en el mullido colchón de lana, dispuesta a conseguir un rato más de sueño reparador. Llevó su mano a la mesita sin mirar para coger el libro más superior de la pila de volúmenes que allí reposaban, con la intención de leer un poco para relajar la mente. 
Sin embargo, lo primero que palparon sus yemas no fue el tacto de piel que esperaba encontrar, sino que sus dedos agarraron lo que parecía un trozo de tela fría. Le extrañó, pues no recordaba haber dejado prendas en la mesita. Llevó esa mano a la altura de los ojos, y su corazón se olvidó de latir unos segundos. 

Era una cinta roja de seda, húmeda.

Manchada de sangre.

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