Some companies are worse than others

You'll be waiting in vain... I've got nothing for you to gain.


- Así que un hermoso desconocido, ¿eh? -Ariadna rió.
Nos encontrábamos sentadas en la sala pequeña del primer piso, en el sofá de cuero negro frente a la ventana. Ariadna había venido a cenar, hacía mucho tiempo que no pasábamos un rato juntas y nos estábamos poniendo al día... Por supuesto, la mera mención del desconocido de Halloween había hecho mella en mi amiga más que cualquier probable amenaza sobre mi cabeza.
- Ése no es el punto, ¿acaso no escuchas lo que te digo? Puedo tener un traidor entre mis escasos aliados y tú sólo te preocupas por lo atractivo que era un hombre que ni siquiera voy a volver a ver... -la risa de mi interlocutora me interrumpió, y me encontré recordando por qué no la había invitado a mi casa desde hacía tanto tiempo.
Ariadna y yo habíamos sido amigas desde la escuela infantil. Aunque sus habilidades eran ligeramente inferiores a las mías, era una rival terrible (añadiendo a eso su temperamento) . Asimismo, había demostrado una lealtad incondicional desde su más tierna infancia, y era la única compañera fiel que yo conservaba de aquella época. Una belleza exuberante y un aspecto de niña buena que de repente se transforma en femme fatale le habían dado una fama especial en nuestros años de adolescentes rebeldes, en los que ambas íbamos de flor en flor alardeando de nuestras capacidades y deseosas de probarlo todo.
De hecho, ella había tenido algún encuentro fugaz con mi archienemigo... Cosa que yo no sabía como tomarme... De repente, una duda me asaltó. ¿Y si ella...?
Con una risa breve interrumpió mis pensamientos. La miré a los ojos y tuve que desechar la idea. Aquellos orbes azules, sinceros y claros, no ocultaban nada. Y aún podía fiarme de mi intuición.
- Relájate y piensa -me dijo-. ¿Alguno de tus lobos ha estado en contacto con el exterior?
Lo medité un segundo. La verja de entrada nunca se abría, salvo cuando yo misma la atravesaba. Y si lo hubiera hecho, yo me habría enterado. La otra opción era Gabriel, pero era imposible que él me estuviese ocultando algo. Negué con la cabeza y Ariadna sonrió satisfecha.
-Entonces la única explicación coherente que se me ocurre es una pelea entre rivales... O que con la espía hubieran introducido algo... pero no se me ocurre qué puede ser... No te comas la cabeza e investígalo con frialdad y tranquilidad -me apretó la mano y sonrió mostrándome su apoyo, y esbocé una media sonrisa-. Ahora, vamos a hablar de temas más relevantes: ¿qué tal se defendía en la cama?
Mi media sonrisa se transformó en una sonrisa entera de resignación.


Ariadna se marchó un par de horas más tarde. El agobio que había casi desaparecido en su presencia volvió, pero decidí no hacerle mucho caso, al menos por lo que quedaba de esa noche. Me encaminé a mi salón favorito y allí, en un sillón frente al fuego, dejé volar la mente, y ésta me llevó hasta unos ojos grises. Sonreí pensando en aquella noche.
Un golpe en la puerta me devolvió a la realidad. Gabriel entró, cerró a sus espaldas y caminó hacia mí con una mano tras la espalda y una sonrisa en los labios. Al llegar a mi altura, se arrodilló y me ofreció lo que guardaba tras la espalda: una rosa negra.
- La primera de la temporada -me comentó con su voz grave y aterciopelada-. Se ha adelantado al invierno... la descubrí esta tarde.
Cogí la flor y me la llevé a la nariz. Su aroma sublime me embriagó, y cerré los ojos complacida. Unos segundos más tarde miré a Gabriel y le di las gracias, a lo que él respondió sonriendo. Me levanté del sillón y caminé hacia el ventanal, con la rosa sobre los labios. La noche era pacífica, y el mar allá abajo estaba en calma, con la luna reflejándose en las tranquilas aguas.
De repente sentí unas manos sobre mi cintura, y un cuerpo que se pegó mucho a mi espalda. Gabriel apartó delicadamente el cabello que se apoyaba en mi hombro izquierdo, retirándolo hasta el otro lado, y besó mi cuello con dulzura. Yo cerré los ojos sin soltar la flor, y dejé que mi acompañante se deshiciera en besos y caricias sobre mi piel. Si él estaba enamorado de mí no era culpa mía... de todos modos, tiempo atrás hubo algo entre nosotros, si bien yo no le había correspondido plenamente. Y en ese momento aquella entrega de sí mismo era demasiado agradable para rechazarla.

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