Halloween's Ball
A-ha!! A-ha!! Keep your hands off my girl!!
Con un buen humor impropio de mi, últimamente, desmejorado ánimo, me asomé a la ventana de mi habitación y saludé a la noche de Halloween con una sonrisa. En el pueblo se daba una celebración, es decir, una excusa para relajar el ambiente de inminente guerra de razas que reinaba desde hacía varios meses. Esa noche estaba prohibido cualquier tipo de pelea, rencilla o incluso discusión acalorada: un desahogo perfecto para mi estresante existencia.
Di media vuelta y me dirigí al armario. Un corsé rojo y negro, una corta falda negra, unas medias de rejilla y mis botas favoritas serían mi atuendo... nada fuera de lo normal, no era mi intención destacar. En menos de diez minutos estuve lista, incluyendo alhajas y perfumes, y con mi espeso cabello recogido en un moño elegante pero desordenado. Recogí una máscara que taparía la mitad de mi rostro -todos deberían llevar una- y me dirigí a la puerta.
Bajé las dos plantas hasta la puerta de entrada, cogí mi capa, abrí la enorme puerta y salí al frío de la noche de Brujas. Uno de los lobos que montaban guardia en la puerta bajó la cabeza con deferencia en mi dirección; el otro miró hacia otro lado. Aún no estaban del todo recuperados, tanto física como mentalmente, del ataque del otro día... Me la habían hecho buena. Me dirigí hacia las caballerizas atravesando la capa de nieve, creando nubes de vapor con mi aliento cálido que se desvanecían con rapidez. Mi caballo, ya ensillado, me esperaba tranquilo. Monté y salí al trote en dirección a la verja de entrada; al llegar a ella, ésta se abrió con un chirrido de tal manera que no me fue necesario ralentizar la velocidad. De igual modo, se cerró tras de mí impidiendo la entrada o salida de nadie (o nada) más. Enfilé el sendero y azucé a mi montura, que resopló deseosa de emprender el galope.
Una hora y media más tarde, aproximadamente, me encontraba comfortablemente acomodada en un taburete alto, acodada en la barra de la mugrienta taberna de la aldea. El ambiente era absolutamente festivo, los aldeanos iban con sus mejores galas (que no eran mejores que mis peores trapos) y todos bailaban, bebían y disfrutaban del calor de la muchedumbre, con los rostros cubiertos. La estancia estaba pobremente iluminada, apenas unas cuantas velas en las mesas y colgando de restos de lo que debieron de haber sido prolijas arañas medievales, colgadas del techo. Las mujeres de compañía exhibían sus encantos en la balaustrada del piso superior, sin prohibición ni censura alguna: aquella noche todo valía.
O eso me susurró una desconocida y aterciopelada voz en mi oído.
Me giré y me sobresalté ligeramente, ya que mi interlocutor no se había apartado de mí ni un ápice, y con el primer vistazo sólo alcancé a ver sus ojos, profundos, grises o azules, clavados en mí, sin tapar por la oscura máscara que portaba. Sus ojos sonrieron y retrocedió ligeramente, para dejarme verle por completo. Un atractivo rostro desconocido me sonreía, y su propietario tomó mi semi-enguantada mano apresuradamente y depositó un beso en ella, sin soltarla después. Me asombré por la osadía, pero no me disgustó el gesto en absoluto.
-Encantado de conocer a una joven tan hermosa -me dijo con su suave voz-. La vi aquí sola y mis modales no me permitieron que la situación siguiese así...
Le miré, divertida por su atrevimiento, y le respondí:
- ¿Y cuál sería, según usted, el remedio a esta situación?
Clavó sus ojos en los míos y se inclinó ligeramente ante mí.
- Sin duda alguna, la solución sería que tal hermosa dama tuviera la amabilidad de bailar con un servidor... -y besó mi mano de nuevo.
Sonreí aún más y, dejando la bebida en la barra, me puse de pie y le seguí hasta mezclarnos con la multitud. Su mano no soltaba la mía mientras girábamos con la muchedumbre, atrayéndome y alejándose según el baile lo requería. Pero, tras un rato así, tiré de él hacia mí y le comenté al oído:
- Realmente no me gustan estas frivolidades...
Él sonrió de nuevo y me respondió del mismo modo, provocándome un escalofrío:
- ¿Sería mucho pedir, entonces, que se dejara secuestrar por unas horas?
No respondí, simplemente le miré a los ojos, hipnotizada...
Más tarde, en el corazón mismo del nevado bosque, una pareja bailaba en un claro iluminado por la luna llena, al compás de los sonidos de la luna y el silencio. Las fugaces caricias y los roces de labios se repetían cada vez con más frecuencia, hasta que el joven rodeó la cintura de la muchacha con un brazo y besó la piel de su cuello apasionadamente, haciendo que ella se inclinase hacia atrás sonriendo con los labios entreabiertos, y la boca audaz del joven fue descendiendo hasta chocar con su vestimenta. Ella se incorporó y le besó con todo el arrojo del momento, y él reaccionó empujándola contra el árbol más cercano y devolviéndole el beso. A continuación, con ambas manos en su cintura, el hombre se separó de ella y la sonrió, y la joven contempló dos afilados colmillos surgiendo de su boca... Antes de que pudiese decir nada, fue mordida en el cuello salvajemente, quedándose sin aliento mientras el joven bebía de ella.
En mi mueca de dolor y placer ante el gesto, mis colmillos también hicieron acto de presencia, deseosos de clavarse en la suave piel de mi amante, un deseo que sería satisfecho a no mucho tardar...
Con un buen humor impropio de mi, últimamente, desmejorado ánimo, me asomé a la ventana de mi habitación y saludé a la noche de Halloween con una sonrisa. En el pueblo se daba una celebración, es decir, una excusa para relajar el ambiente de inminente guerra de razas que reinaba desde hacía varios meses. Esa noche estaba prohibido cualquier tipo de pelea, rencilla o incluso discusión acalorada: un desahogo perfecto para mi estresante existencia.
Di media vuelta y me dirigí al armario. Un corsé rojo y negro, una corta falda negra, unas medias de rejilla y mis botas favoritas serían mi atuendo... nada fuera de lo normal, no era mi intención destacar. En menos de diez minutos estuve lista, incluyendo alhajas y perfumes, y con mi espeso cabello recogido en un moño elegante pero desordenado. Recogí una máscara que taparía la mitad de mi rostro -todos deberían llevar una- y me dirigí a la puerta.
Bajé las dos plantas hasta la puerta de entrada, cogí mi capa, abrí la enorme puerta y salí al frío de la noche de Brujas. Uno de los lobos que montaban guardia en la puerta bajó la cabeza con deferencia en mi dirección; el otro miró hacia otro lado. Aún no estaban del todo recuperados, tanto física como mentalmente, del ataque del otro día... Me la habían hecho buena. Me dirigí hacia las caballerizas atravesando la capa de nieve, creando nubes de vapor con mi aliento cálido que se desvanecían con rapidez. Mi caballo, ya ensillado, me esperaba tranquilo. Monté y salí al trote en dirección a la verja de entrada; al llegar a ella, ésta se abrió con un chirrido de tal manera que no me fue necesario ralentizar la velocidad. De igual modo, se cerró tras de mí impidiendo la entrada o salida de nadie (o nada) más. Enfilé el sendero y azucé a mi montura, que resopló deseosa de emprender el galope.
Una hora y media más tarde, aproximadamente, me encontraba comfortablemente acomodada en un taburete alto, acodada en la barra de la mugrienta taberna de la aldea. El ambiente era absolutamente festivo, los aldeanos iban con sus mejores galas (que no eran mejores que mis peores trapos) y todos bailaban, bebían y disfrutaban del calor de la muchedumbre, con los rostros cubiertos. La estancia estaba pobremente iluminada, apenas unas cuantas velas en las mesas y colgando de restos de lo que debieron de haber sido prolijas arañas medievales, colgadas del techo. Las mujeres de compañía exhibían sus encantos en la balaustrada del piso superior, sin prohibición ni censura alguna: aquella noche todo valía.
O eso me susurró una desconocida y aterciopelada voz en mi oído.
Me giré y me sobresalté ligeramente, ya que mi interlocutor no se había apartado de mí ni un ápice, y con el primer vistazo sólo alcancé a ver sus ojos, profundos, grises o azules, clavados en mí, sin tapar por la oscura máscara que portaba. Sus ojos sonrieron y retrocedió ligeramente, para dejarme verle por completo. Un atractivo rostro desconocido me sonreía, y su propietario tomó mi semi-enguantada mano apresuradamente y depositó un beso en ella, sin soltarla después. Me asombré por la osadía, pero no me disgustó el gesto en absoluto.
-Encantado de conocer a una joven tan hermosa -me dijo con su suave voz-. La vi aquí sola y mis modales no me permitieron que la situación siguiese así...
Le miré, divertida por su atrevimiento, y le respondí:
- ¿Y cuál sería, según usted, el remedio a esta situación?
Clavó sus ojos en los míos y se inclinó ligeramente ante mí.
- Sin duda alguna, la solución sería que tal hermosa dama tuviera la amabilidad de bailar con un servidor... -y besó mi mano de nuevo.
Sonreí aún más y, dejando la bebida en la barra, me puse de pie y le seguí hasta mezclarnos con la multitud. Su mano no soltaba la mía mientras girábamos con la muchedumbre, atrayéndome y alejándose según el baile lo requería. Pero, tras un rato así, tiré de él hacia mí y le comenté al oído:
- Realmente no me gustan estas frivolidades...
Él sonrió de nuevo y me respondió del mismo modo, provocándome un escalofrío:
- ¿Sería mucho pedir, entonces, que se dejara secuestrar por unas horas?
No respondí, simplemente le miré a los ojos, hipnotizada...
Más tarde, en el corazón mismo del nevado bosque, una pareja bailaba en un claro iluminado por la luna llena, al compás de los sonidos de la luna y el silencio. Las fugaces caricias y los roces de labios se repetían cada vez con más frecuencia, hasta que el joven rodeó la cintura de la muchacha con un brazo y besó la piel de su cuello apasionadamente, haciendo que ella se inclinase hacia atrás sonriendo con los labios entreabiertos, y la boca audaz del joven fue descendiendo hasta chocar con su vestimenta. Ella se incorporó y le besó con todo el arrojo del momento, y él reaccionó empujándola contra el árbol más cercano y devolviéndole el beso. A continuación, con ambas manos en su cintura, el hombre se separó de ella y la sonrió, y la joven contempló dos afilados colmillos surgiendo de su boca... Antes de que pudiese decir nada, fue mordida en el cuello salvajemente, quedándose sin aliento mientras el joven bebía de ella.
En mi mueca de dolor y placer ante el gesto, mis colmillos también hicieron acto de presencia, deseosos de clavarse en la suave piel de mi amante, un deseo que sería satisfecho a no mucho tardar...
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